El espejismo liberal de la voluntad

justicia-injusta

Sigo aquí, de ver­dad. Aunque no haya pub­li­ca­do nada y sólo me dedique a actu­alizar qué leo o dejo de leer. Sigo aquí, no por, sino a pesar, y la aclaración con­tiene mat­ices muy intere­santes que, como toda bue­na his­to­ria, se proce­san sólo en el fugaz regus­to final. Como pról­o­go en noche de hoguera sirve, y es sufi­ciente. Así que siente ust­ed el culo un rato, y prepárese, que comien­za la noche de rev­ela­ciones (de las que dejan mal cuerpo). 

     Elec­ciones en un par de días. Si no estás leyen­do esto nada más pub­li­carse, no pasa nada; con suerte (o por des­gra­cia, según se mire) seguire­mos en una democ­ra­cia, y den­tro de cua­tro años sobreven­drá otro pro­ce­so elec­toral, perío­do en el que en abso­lu­to habrá dado tiem­po para que la especie humana deje de recur­rir a uno de sus may­ores auto­en­gaños: la jus­ti­fi­cación de la vol­un­tad.
     
A propósi­to del voto, este espe­jis­mo no está en abso­lu­to desli­ga­do de la las creen­cias que podamos ten­er a la hora de decidirnos por un can­dida­to. Ya se entenderá. 

     Durante la his­to­ria, hemos ido api­lan­do con­cep­tos, heredan­do y cam­bian­do partes, aju­s­tan­do sus sig­nifi­ca­dos a nues­tras necesi­dades, y estable­cien­do una ver­dad masi­fi­ca­da a través de mitos (que pueden no ten­er nada de clási­cos).
      La may­or parte de esta his­to­ria nos hemos vis­to como seres trascen­den­tales, guardianes de un mun­do que nece­sita­ba de nues­tra guía, y que, para seme­jante tarea, nece­sita­ban de un esta­tus, de una inteligen­cia supe­ri­or que jus­ti­ficara todas las acciones de pas­toreo lle­vadas a cabo en nom­bre de tan noble mis­ión. Es quizás por esta impor­tan­cia atribui­da, por la que no nos gusta­ba en exce­so ―y nos sigue sin gus­tar― recono­cer las met­e­duras de pata que sur­gen durante este desem­peño.
      Aquí surgió una idea, no tan espon­tánea o inten­ciona­da como la pue­da pin­tar, pero sí bas­tante inge­niosa: si algo malo pasa, y yo perci­bo que no ten­go el con­trol, casi se podría decir que no es mi cul­pa, ¿ver­dad? De esta pre­rrog­a­ti­va sur­gen tres con­cep­tos claves para nues­tra cul­tura: vol­un­tad, esfuer­zo, y destino.

Historia de una excusa perfecta

De las tres nociones, pudiera pare­cer que el des­ti­no se opone al sig­nifi­ca­do de las otras dos, pero en real­i­dad se aven­ta­ja y las englo­ba.
      El con­cep­to de des­ti­no surge a par­tir de la necesi­dad de otor­gar una tele­ología a la religión; ese algo que nos exi­ma como últi­mos respon­s­ables cuan­do hemos fal­la­do, y que a su vez no nos arrebate la esper­an­za de poder alcan­zar la meta prop­ues­ta. Su fun­ción es, por lo tan­to, pro­tec­to­ra y direc­to­ra. Si nue­stros ance­s­tros hubier­an lle­ga­do a la con­clusión de que no son aptos, o no tienen la suerte de su parte, pron­to se habrían ren­di­do a la deses­per­an­za exis­ten­cial­ista, y cesa­do en sus obje­tivos. El «des­ti­no» como pen­samien­to adap­ta­ti­vo para nues­tra especie, nos ha pro­te­gi­do con un halo de invul­ner­a­bil­i­dad ante cualquier obstácu­lo y equiv­o­cación. Un plan crea­do por un dios o una figu­ra supre­ma no puede estar equiv­o­ca­do, y con ello, no impor­tarán las veces que caiga o me deten­ga, que siem­pre acabaré lle­gan­do; a pesar de ser nosotros el máx­i­mo expo­nente de la creación, no somos per­fec­tos como su creador, y nece­si­ta­mos de su tute­la­je. No son pocos los orácu­los, pro­fe­tas y augu­rios que han surgi­do para deter­mi­nar un futuro incier­to a par­tir de tal creen­cia.
      Pero sería incor­rec­to, inclu­so en los albores de nues­tra his­to­ria, reducirnos a organ­is­mos pasivos, zomb­i­fi­ca­dos por un impul­so supre­mo que nos alien­ta. Ni siquiera la total­i­dad de las reli­giones creían en la predestinación. 

Sísifo

      La doc­t­ri­na judeocris­tiana rec­haz­a­ba de pleno la inter­pretación vital como un camino mar­ca­do; para esta, lo que nos hacía sim­i­lares a Dios era nue­stro libre albedrío. El pen­samien­to de la libre elec­ción encon­tra­ba el andami­a­je per­fec­to en el dog­ma de la “ima­gen y seme­jan­za” respec­to al creador. Y con la direc­triz de tal indi­vid­u­al­is­mo no condi­ciona­do surge el sigu­iente con­cep­to: la vol­un­tad.
      La idea de la vol­un­tad con­sti­tuye el segun­do ladrillo en la con­struc­ción del espe­jis­mo que nos ocu­pa. «¿Cómo va a supon­er una ver­dadera ven­ta­ja nue­stro gob­ier­no sobre la nat­u­raleza si ni siquiera ten­emos la potes­tad para decidir sobre él?», «¿Qué me difer­en­cia a mí, un rep­uta­do mer­cad­er, de un maleante?». Es difí­cil sosten­er un des­ti­no, ya no malo, mal­va­do, a un indi­vid­uo en apari­en­cia muy sim­i­lar. «Algo difer­ente ten­emos que haber hecho».
      Existe una fuerte ten­den­cia psi­cológ­i­ca a pen­sar que si hemos obtenido el éxi­to se ha debido úni­ca­mente a nues­tra peri­cia; quer­e­mos no sólo man­ten­er, sino aumen­tar nues­tra autoes­ti­ma, y pro­te­gerla de un auto­con­cep­to noci­vo. ¿Cómo vamos a creer que somos váli­dos si el ori­gen de nues­tra for­tu­na se debe al azar y no somos capaces de evi­tar nue­stros fra­ca­sos? Es esta necesi­dad inter­na de locus de con­trol la que tam­bién agran­da las difer­en­cias con el resto. «Si yo he tri­un­fa­do gra­cias a mis habil­i­dades (o al menos no he caí­do tan bajo), es lógi­co que los fra­ca­sos ajenos se deban úni­ca­mente a las acciones de ellos mis­mos». Por supuesto ―y aquí comien­zan a fusion­arse los cimien­tos― las con­clu­siones se invierten si sucede al con­trario: «He fal­la­do porque tal cosa se escapa a mi con­trol. Él ha ven­ci­do por pura suerte». Recono­cer fal­ta de apti­tud en un mun­do hos­til donde el esta­tus por com­para­ción era tan impor­tante para repro­ducirse, bási­ca­mente suponía abrazar el ostracis­mo o la servidum­bre.
      Nues­tra autoes­ti­ma no sirve sólo para sen­tirnos ale­gres o tristes; nues­tra autoes­ti­ma es fuerte­mente adap­ta­ti­va. Y ya sea por un mecan­is­mo u otro (des­ti­no o libre albedrío), la his­to­ria de la humanidad ha con­ta­do la super­viven­cia psi­cológ­i­ca de nues­tra valía. Estos con­cep­tos somera­mente descritos han sido jus­ti­fi­ca­dos y rein­ter­pre­ta­dos dece­nas, si no cien­tos de veces. Des­de los orí­genes platóni­cos y aris­totéli­cos, pasan­do por la recon­fig­u­ración racional de Kant o Descartes, la vol­un­tad, la razón, poten­ci­a­da por la pro­tec­ción últi­ma del des­ti­no ele­va­do para según quién, ha desem­bo­ca­do en la mate­ria pri­ma del lib­er­al­is­mo cap­i­tal­ista: la éti­ca protestante.

Capitán, oh, mi capitán…

      El des­pre­cio intrínseco se deri­va de aque­l­la creen­cia catár­ti­ca de la cul­tura del hon­or, esta­dio más avan­za­do de la pro­tec­ción inter­na del éxi­to. El fragor de dos guer­ras mundi­ales, y las frías o calientes que han pasa­do (o que están en ello) y de las cuales no aco­ge­mos más que la bes­tial­i­dad com­pet­i­ti­va, per­petúan y ali­men­tan esta asun­ción. La com­peti­ción inher­ente a los gru­pos y la delim­itación de nue­stros vir­tuales ene­mi­gos han bebido de aquel esen­cial­is­mo genetista que tiende a con­sid­er­ar que el com­por­tamien­to refle­ja car­ac­terís­ti­cas innatas de las per­sonas y que, debido a ello, nun­ca se pueden cam­biar. No en vano, a raíz del primer gran con­flic­to glob­al, y de la mano de la psi­cofi­si­ología prim­i­ge­nia de entonces, se realizaron pur­gas diag­nós­ti­cas, en las que la gran may­oría de inmi­grantes fueron diag­nos­ti­ca­dos como “pobres men­tales” y poten­ciales delin­cuentes, para ser pos­te­ri­or­mente ester­il­iza­dos por las leyes imper­antes. Sue­na a cuen­to ruso, pero en real­i­dad fue per­pe­tra­do por aque­l­la gran poten­cia que tan efi­caz­mente lid­era nue­stro sen­ti­do de jus­ti­cia cap­i­tal. Ni que pudiera pasar en nue­stros días.
      Espera, es sólo otra pieza del puzle. 

Piensa positivo…

      Después de todo este via­je atro­pel­la­do y mal resum­i­do, aunque nece­sario para enten­der el “mecan­is­mo del mito”, arrib­amos a la ver­dadera cuestión. La doc­t­ri­na del esfuer­zo, la mer­i­toc­ra­cia o el “cada uno es respon­s­able de su des­ti­no” son dis­tin­tos nom­bres para un mis­ma creen­cia errónea: el inamovi­ble con­vencimien­to de que somos com­ple­ta­mente respon­s­ables de un des­ti­no mold­e­able a nues­tra vol­un­tad, y del hecho de que quien no está arri­ba es porque no quiere, o porque no se ha esforza­do lo sufi­ciente. Como com­ple­men­to, la solu­ción del prob­le­ma se reduce a neu­tralizar y elim­i­nar a aque­l­los seres infec­tos que deci­den con­tin­uar por el mal camino, y que sola­mente per­vierten la inna­ta vol­un­tad del hombre. 

      La con­cep­ción más arraiga­da del lib­er­al­is­mo es la hereda­da de aque­l­la éti­ca protes­tante, asum­i­da en un prin­ci­pio por la sociedad occi­den­tal, y glob­al­iza­da aho­ra al resto del mun­do. El pen­samien­to pos­i­ti­vo, tan actu­al den­tro del coach­ing y de los libros de autoayu­da, ceba el ter­cer con­cep­to: el del esfuer­zo.
     
En nue­stro tiem­po, el esfuer­zo sirve como nexo sin­te­ti­zador de las creen­cias, en un prin­ci­pio opues­tas, del des­ti­no y del libre albedrío. Jun­tos, dis­eñan la raigam­bre de una visión de un indi­vid­uo úni­co, espe­cial, difer­ente a todos, pero total­mente dueño de su con­trol. Esta figu­ra alien­a­da, inca­paz de ver más allá, extasi­a­da por su ilusión de poder, es inca­paz de vis­lum­brar que los reveses que sufra se puedan deber a sus causas sociales o económi­cas, o de que habi­ta en un mun­do de coyun­turas, de even­tu­al­i­dades y de coin­ci­den­cias. Negar lo azaroso aumen­ta su per­cep­ción de rela­to indi­vid­ual, grandilocuente y ensor­de­ce­dor. Ese con­vencimien­to de auto­go­b­ier­no sufi­ciente lo lle­vará a obviar lo exte­ri­or, a no dis­putar­lo, a silen­ciar las con­tin­gen­cias de su pro­pio exi­s­tir den­tro de un con­tex­to, y a creer que cada uno tiene lo que se merece. Así es como se con­vierte en un exce­lente con­sum­i­dor, cómo­do en su propia parcela, adquirien­do artícu­los que cree que le lle­varán a su sigu­iente esta­dio, el n‑1 más cer­cano a su meta ide­al­iza­da; una meta que no existe. 

      «Pien­sa pos­i­ti­vo porque todo te ven­drá», con­se­jo tóx­i­co donde los haya. Jun­to con la necesi­dad ansiosa de con­trol, nos crea unas expec­ta­ti­vas desli­gadas de la inteligen­cia con­sciente. El paulo­co­he­lis­mo, pri­mo-her­mano del pos­i­tivis­mo psi­cológi­co, la nue­va rein­ter­pretación pos­mod­er­na del des­ti­no, nos alien­ta a afrontar cada reto y cada obstácu­lo con una son­risa, priván­donos de la opor­tu­nidad de mejo­ra que apor­ta la reflex­ión del fra­ca­so, y de la refor­mu­lación per­son­al que las emo­ciones como la tris­teza o el miedo hacen aflo­rar den­tro de nosotros.
      Sí, las emo­ciones tam­bién son evo­lu­ti­va­mente adap­ta­ti­vas. Negar­las o reprim­ir­las sólo nos acer­ca a la frus­tración cróni­ca y a patologías de diver­sa índole. Cuan­do sostienen que puedes con­seguir­lo todo, cuan­do colo­can las expec­ta­ti­vas por las nubes, se cier­ra la puer­ta a la eval­u­ación de las propias capaci­dades y apti­tudes, y a la ade­cuación de nue­stros obje­tivos des­de una per­spec­ti­va real­ista.
      Ojo, no recur­ramos a la sim­pli­fi­cación; este no es ningún argu­men­to a favor del con­formis­mo, pero sí hacia la aceptación de la posi­bil­i­dad des­de una inteligen­cia emo­cional desar­rol­la­da. Y eso es lo que pre­cisa­mente no nos enseña el lib­er­al­is­mo.
      Pon­er­le bue­na cara al pre­sente no solu­ciona el poten­cial declive futuro. Esta fal­ta de obje­tivi­dad auto­com­plac­i­ente es la cau­sante de que virar el timón para cam­biar de rum­bo no sea una posi­bil­i­dad a considerar. 

¿Pero… no soy el elegido?

     La com­pe­ten­cia cru­en­ta, el ais­lamien­to empáti­co y el ego­cen­tris­mo desme­di­do son causa y con­se­cuen­cia de la ver­dadera epi­demia de nues­tra sociedad actu­al: la ausen­cia de inteligen­cia emo­cional. Sin acabar con el mito de la éti­ca protes­tante que adju­di­ca el éxi­to al esfuer­zo y la mer­i­toc­ra­cia, no va a ser posi­ble estable­cer un sis­tema jus­to a largo pla­zo. Y esta rue­da no se va a romper sin elim­i­nar la idea de indi­vid­uo exclusivo.

      Vamos a dejar­lo claro, no eres espe­cial. Ni tú, ni yo, ni tu veci­no, ni Bill Gates, ni su madre. Ni remo­ta­mente somos úni­cos. Pre­suponien­do que has segui­do leyen­do has­ta aquí, y que vienes con per­spec­ti­va cien­tí­fi­ca, asumo la sobrada­mente demostra­da no-exis­ten­cia de un alma indi­vid­ual. Todos somos un con­glom­er­a­do de una en abso­lu­to lim­i­ta­da poten­cial­i­dad genéti­ca en inter­ac­ción con un su pro­pio esta­tus socioe­conómi­co (el ambi­ente), una covar­i­an­za pasi­va, acti­va y reac­ti­va, efec­tos epi­genéti­cos y un con­sid­er­able por­centa­je de la sus­tan­cia X: la suerte, el azar, el je ne sais quoi.
      No se tra­ta de un man­i­fiesto exis­ten­cial­ista, es un hecho biológi­ca­mente obje­ti­vo. No quiere decir que seas idén­ti­co a un ami­go y no te hayas dado cuen­ta. Lo que tra­ta de expre­sar tal certeza, es que tu iden­ti­dad deri­va de una com­bi­nación incon­tro­lable de cir­cun­stan­cias, que no tienen nada de divi­no respec­to al resto de com­bi­na­ciones humanas. La mota de pol­vo den­tro de la mota de pol­vo en el uni­ver­so.

     La impor­tan­cia de esta real­i­dad es cap­i­tal a la hora de enten­der cómo somos con­tro­la­dos y qué es lo que nos con­tro­la. Las desigual­dades sociales no son imposi­ciones jerárquicas nece­sarias, como puedan ale­gar pseudo­cien­tí­fi­cos can­ta­mañanas como Jor­dan B. Peter­son. Las injus­ti­cias, y su con­tra­puesto epis­te­mológi­co, la esfera de lo pri­va­do, no son reducibles a dia­gra­mas de Venn, a maniqueís­mos tales como oposi­ciones de orden y caos, ni a helenis­mos sim­pli­fi­ca­dos sobre el cen­tro como equi­lib­rio; que ya no ten­emos dieciséis años, por favor. 

Nuestros esfuerzos no son iguales

     No existe ni el libre albedrío, ni el des­ti­no tam­poco, y puede que sea algo com­ple­jo de asumir. La real­i­dad es que el tal­en­to por sí solo no sirve de mucho, así como tam­poco lo es el esfuer­zo. Un mucha­cho cuyos padres ape­nas lle­gan a fin de mes, va a ten­er muchísi­mas menos posi­bil­i­dades de lle­gar has­ta donde él quiere, aunque no des­canse en nom­bre de la vol­un­tad. Nos resul­tan lla­ma­tivos los casos de gente que ha sali­do del bar­ro has­ta hac­erse apestosa­mente rica, o humilde­mente recono­ci­da, pero las prob­a­bil­i­dades son escasas, y en su caso depen­den enorme­mente de la suerte. Recor­damos mejor estos casos porque nos resul­tan más salientes den­tro del «ses­go de cat­e­go­rización», pero por cada per­sona en el umbral de la pobreza que tri­un­fa, dece­nas de miles se quedan por el camino, aunque todas ellas se hayan esforza­do lo mis­mo.
      Como decía al prin­ci­pio, subes­ti­mamos enorme­mente el con­tex­to o la situación de las per­sonas, y sobrees­ti­mamos has­ta el extremo nue­stros tal­en­tos. La heren­cia de pen­samien­to clási­co, coci­na­da por el lib­er­al­is­mo, nos ha incul­ca­do la creen­cia de que la posi­bil­i­dad de adquirir cualquier nimiedad en cualquier momen­to nos define, que se debe exclu­si­va­mente a nues­tra decisión, y nos iguala a ojos de la jus­ti­cia social, pero sólo es un espe­jis­mo; que hemos de com­pe­tir y que lo hace­mos en igual­dad de condi­ciones. Las difer­en­cias se acre­cen­tan, las clases sociales se polar­izan, la frus­tración se desar­rol­la, y a pesar de todo este caos, ni nos pre­ocu­pa, ni nos damos cuenta. 

      La vol­un­tad y el esfuer­zo no pueden ser el chi­vo expi­a­to­rio de cualquier com­por­tamien­to egoís­ta y con­de­scen­di­ente, prin­ci­pal­mente porque expli­can una infinitési­ma parte del éxi­to.
      Con­ver­tirnos en con­sum­i­dores adap­ta­dos nos está lle­van­do a des­per­son­alizar a todo el que sufre para jus­ti­ficar nues­tra como­di­dad. Así sucedió al comien­zo de las leyes ester­il­izado­ras esta­dounidens­es (tam­poco hace fal­ta nom­brar siem­pre a Adolf), y así sucede cada vez que se ter­giver­sa la real­i­dad en con­tra de los más men­es­terosos.
      El enlace con la decisión de papele­ta es sim­ple: vota lo que creas nece­sario, pero es imper­a­ti­vo ten­er pre­sente que aquel que enar­bo­la la doc­t­ri­na del esfuer­zo y la mer­i­toc­ra­cia lo hace des­de la igno­ran­cia, de for­ma incon­sciente y ses­ga­da, sin saber que son pal­abros que en la prác­ti­ca, sin igual­dad social, no sir­ven de nada. Per­pet­u­ar el mis­mo sis­tema a través de parch­es atro­pel­la­dos, defen­di­en­do la neu­tral­ización o aban­dono sis­temáti­co de aque­l­los que ya perdieron antes de venir al mun­do, equiv­ale a no arreglar nada. Sola­mente a través de la edu­cación uni­ver­sal se puede alcan­zar una armonía psi­coso­cial, y aquí no hablam­os de ningu­na utopía; es inter­relación cien­tí­fi­ca y alcan­z­able, y el tor­ticero hom­bre de cor­ba­ta que ondea la ban­dera anun­cian­do una ilu­so­ria baja­da de impuestos para después cerce­nar el acce­so al conocimien­to, no va a ayu­dar a alcanzarlo. 

      Decía al prin­ci­pio que escri­bo aho­ra después de un mes, no por, sino a pesar de mis cir­cun­stan­cias. No por no haber queri­do, o no haberme esforza­do, sino sim­ple­mente por ser con­sciente de que, aunque vir­tual­mente he podi­do, no ha sucedido. 

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