Una habitación propia, por Virginia Woolf

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1929 fue el año en que se publi­có este mani­fies­to de poco más de 150 pági­nas. Un tex­to basa­do en dos con­fe­ren­cias dadas el año ante­rior en dos artícu­los lite­ra­rios. Casi 90 años nos sepa­ran de aque­lla épo­ca, y cuan­to más cons­cien­te se es de la dis­tan­cia tem­po­ral, más espe­luz­nan­te resul­ta la actua­li­dad que des­ti­la en sus pala­bras.

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      Una habi­ta­ción pro­pia resu­me el monó­lo­go inte­rior de una mujer lúci­da en un tiem­po en el que ser­lo no pro­por­cio­na­ba más que pro­ble­mas. Una mujer lúci­da, era una mujer no some­ti­da, y una mujer no some­ti­da sólo podía cali­fi­car­se de rebel­de. Pero el agra­vio más ofen­si­vo con­tra la rebel­día no es la opo­si­ción, sino la mofa y la bur­la. En un con­tex­to en el que lo feme­nino es cali­fi­ca­do como com­ple­men­to a la hege­mo­nía mas­cu­li­na, no cabía siquie­ra la opción a plan­tear su serie­dad. En ese entorno en el cual la mujer es con­si­de­ra­da un sub­pro­duc­to sin volun­tad, era impen­sa­ble un dic­ta­men que difi­rie­ra de lo esta­ble­ci­do, y mucho menos su con­si­de­ra­ción. Todo este esce­na­rio, pre­sen­te des­de que el mun­do es mun­do —sal­vo excep­cio­nes—, ha des­ha­bi­li­ta­do toda opción a la expre­sión, de la for­ma que sea, de la fac­ción obe­dien­te. La bri­llan­tez de Vir­gi­nia Woolf al expo­ner de for­ma calei­dos­có­pi­ca y cohe­sio­na­da, satí­ri­ca, obje­ti­va y casi poé­ti­ca, sin recu­rrir al des­pro­pó­si­to rabio­so y sobre­di­men­sio­na­do, es admi­ra­ble. Cada afir­ma­ción es una esta­ca tran­qui­la que lan­za con pun­te­ría a cada absur­dez que se pre­sen­ta para enfren­tar­la. Sobre el obvio e inte­rio­ri­za­do des­pres­ti­gio hacia la mujer por ese enton­ces:

   «A una no le gus­ta que le digan que es infe­rior por natu­ra­le­za a un hom­bre­ci­to –miré al estu­dian­te que había al lado- que res­pi­ra rui­do­sa­men­te, usa cor­ba­ta de nudo fijo y lle­va diez días sin afei­tar­se. Una tie­ne sus locas vani­da­des».

      Tras una intro­duc­ción expo­si­to­ria de las con­tra­dic­cio­nes que le han lle­va­do a refle­xio­nar sobre ese esta­do emo­cio­nal, Woolf ana­li­za, a tra­vés de un inti­mis­mo líri­co, las cau­sas y con­se­cuen­cias de ese pano­ra­ma: cómo la opi­nión irra­cio­nal y acien­tí­fi­ca mar­gi­na y estig­ma­ti­za a per­so­nas desoí­das; las razo­nes sobre posi­ción y poder que has­ta ese momen­to habían per­mi­ti­do a con­ta­das muje­res publi­car su voz —no sin super­vi­sión—, cómo las no pudien­tes emplea­ron pseu­dó­ni­mos mas­cu­li­nos para intro­du­cir sus obras de estra­per­lo…
      Lo ver­da­de­ra­men­te admi­ra­ble de su ensa­yo no es la exac­ti­tud y pre­ci­sión a la hora de pin­tar una reali­dad com­ple­ja y disi­den­te, sino el sosie­go y la hones­ti­dad con la que es capaz de esca­par a un esta­do en el que cual­quier otra per­so­na pro­fe­ri­ría ala­ri­dos en un acce­so de ira. Uno no pue­de más que aga­char la cabe­za cuan­do es cons­cien­te de la can­ti­dad de per­so­nas cono­ci­das y cer­ca­nas que aún con­tri­bu­yen a com­por­ta­mien­tos ses­ga­dos con­tra las muje­res, y lee a Vir­gi­nia decir:

  «Sin embar­go, la cul­pa de todo esto, no la tie­ne un sexo más que el otro. Los res­pon­sa­bles son todos los refor­ma­do­res. […] Es funes­to ser un hom­bre o una mujer a secas.
Era absur­do cul­par a nin­gu­na cla­se o sexo en con­jun­to. Las gran­des masas de gen­te nun­ca son res­pon­sa­bles de lo que hacen. Las mue­ven ins­tin­tos que no están bajo su con­trol».

      Todos sus bos­que­jos se subli­man para desem­bo­car en una con­clu­sión: la nece­si­dad de dine­ro y una habi­ta­ción pro­pia. Ele­men­tos que, antes y aho­ra, son nece­sa­rios, pero no sufi­cien­tes, para dar voz a quien tie­ne como res­pues­ta el des­cré­di­to. Sin una habi­ta­ción pro­pia, sin un entorno pri­va­do en el que orde­nar las ideas y pro­yec­tar­las, lejos del rui­do de las masas que voci­fe­ran, y sin los medios para publi­car y lle­gar a otras habi­ta­cio­nes pro­pias en las que remo­ver con­cien­cias, solo hay des­alien­to. Los intere­ses sobre el man­te­ni­mien­to del silen­cio, aun­que qui­zás no cons­pi­ra­noi­cos, sí con­tri­bu­yen a per­pe­tuar el peli­gro de la his­to­ria úni­ca. La reali­dad pue­de ser más o menos obje­ti­va, pero nun­ca está com­pues­ta de una úni­ca pers­pec­ti­va, y menos si exclu­ye a la mitad de voces del pla­ne­ta.

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      Es deso­la­dor per­ci­bir en nues­tro tiem­po una reali­dad tan simi­lar a la de enton­ces; mejor, por supues­to, pero no por ello jus­ta. En con­tra de los ladri­dos que asig­nan esta visión a una ecua­ni­mi­dad for­za­da, la solu­ción radi­ca en las opor­tu­ni­da­des. Su equi­dad ser­vi­rá como alta­voz a voces feme­ni­nas bri­llan­tes y amal­ga­ma­das que obso­le­ten la visión de la his­to­ria úni­ca y doten de nue­vas pers­pec­ti­vas y mati­ces una reali­dad mucho más com­ple­ja que la que nos mues­tran. Vir­gi­nia Woolf fue una ade­lan­ta­da a su tiem­po, tan­to que nos pre­sen­ta unas ideas prác­ti­ca­men­te con­tem­po­rá­neas.

      Ejem­plo de femi­nis­ta racio­nal y sufri­do­ra de pro­ble­mas acu­cian­tes. Un ensa­yo cor­to y sobre­sa­lien­te para com­pren­der otra reali­dad e ini­ciar­se en el femi­nis­mo. Sin duda reco­men­da­ble.

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Una habi­ta­ción pro­pia
Vir­gi­nia Woolf
Aus­tral sin­gu­lar, 2016
160 pag.
ISBN: 8432222828

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