Lolita, por Vladimir Nabokov

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Quien más y quien menos conoce la estruc­tura sobre la que se desar­rol­la Loli­ta. Que sepa de qué habla es otro can­tar. Antes de pro­ced­er a titubear sobre las pal­abras con las que encar­ar la reseña, me he pro­vis­to de toda la infor­ma­ción con­cerniente al sis­tema plan­e­tario que con­for­man las ala­ban­zas, críti­cas urticarias y ver­siones fun­dadas de la obra y su autor. Es posi­ble que, en un inten­to deses­per­a­do de man­io­brar los platos gira­to­rios sobre sus respec­tivos palos, acabe refirien­do y argu­men­tan­do en un com­ple­to cir­cun­lo­quio; pido perdón de ante­mano por lo que pudiere repe­tir. Tam­bién advier­to: el análi­sis de las impli­ca­ciones de este libro requiere cono­cer cier­tos suce­sos que acon­te­cen en él, así que, si no lo has leí­do y quieres aden­trarte sin cono­cer ningún dato, vuelve por aquí cuan­do lo hayas terminado.

      Mucho se ha escrito sobre la obra y las causas, con­se­cuen­cias y necesi­dades del alum­bramien­to de expre­siones artís­ti­cas seme­jantes. La infor­ma­ción gen­er­al y el refle­jo de lo per­ver­so en el arte ha sido moti­vo de inten­sos debates a lo largo de la his­to­ria, y las cues­tiones a inter­pre­tar son demasi­adas para tratar­las en esta reseña, así que inten­taré ceñirme a lo que atañe la narración.

Lolita

      El prin­ci­pal reto que nos ofrece esta nov­ela es su con­clusión. Una lec­tura super­fi­cial, cen­tra­da en la búsque­da de la reafir­ma­ción de ideas cen­so­ras, nos lle­vará a escan­dalizarnos ante el supuesto inten­to de embel­le­cer una serie de acciones depravadas. Otra mala lec­tura puede inmis­cuir en nue­stro pen­samien­to la rep­re­sentación sex­u­al­iza­da de una víc­ti­ma infan­til, pre­pon­deran­do inclu­so la certeza de estar asistien­do a una trág­i­ca his­to­ria de amor. Loli­ta no es ni lo uno ni lo otro, y sus malas lec­turas no son úni­ca­mente nues­tra cul­pa. Pero antes de señalar cul­pa­bles, anal­ice­mos «qué es» Loli­ta.

      Si Nabokov con­den­a­ba a Hum­bert, su pro­pio per­son­aje, quizá la nov­ela no quiera decir lo que parece, aunque bien pudiera no sig­nificar nada. De cualquier modo, nos da una pista. Sigu­ien­do esa línea de inves­ti­gación, se des­cubre tam­bién que el pro­pio autor pro­hibió cualquier figu­ra femeni­na en la por­ta­da del libro —aunque pos­te­ri­or­mente le hicier­an caso omiso.

      Hum­bert escribe des­de la cár­cel, rela­tan­do su ver­dad en primera per­sona. El quid de la cuestión no es lo que escribe, sino cómo lo escribe Nabokov a través de él. Una de las claves para la inter­pretación del men­saje la hal­lam­os en el per­fil psi­cológi­co del pro­pio Hum­bert. El pro­tag­o­nista se jus­ti­fi­ca de for­ma con­tin­ua, restán­dole impor­tan­cia a sus acciones, recal­can­do la ausen­cia de cualquier movimien­to dañi­no o puni­ti­vo en sus maquina­ciones. De for­ma per­iódi­ca se recuer­da a sí mis­mo la «bue­na vol­un­tad» de sus actos, al inten­tar eje­cu­tar sus pul­siones úni­ca­mente cuan­do ella no está con­sciente. Este tipo de creen­cias excul­pa­to­rias for­ma parte del per­fil clíni­co de un pedó­fi­lo. (Antes con­viene hac­er un par de aclara­ciones: un pedó­fi­lo es aquel indi­vid­uo con un trastorno sex­u­al sub­y­a­cente, que le hace sen­tir atrac­ción eróti­ca o sex­u­al hacia suje­tos pre­pu­bes­centes, aunque no abuse de ellos. Un ped­eras­ta es quien abusa físi­ca­mente de niños, y puede ser o no un pedófilo).

      En este caso, a Hum­bert se le puede cal­i­ficar clara­mente de ped­eras­ta, pero aten­di­en­do a su his­to­ria y la con­cre­ción de sus moti­va­ciones, se infiere en él un trastorno de ped­ofil­ia. Respec­to al des­or­den, se sabe que se nace con cier­ta pre­dis­posi­ción, y puede estar rela­ciona­do con la inter­ac­ción de las hor­monas sex­u­ales durante el desar­rol­lo fetal; no se here­da de for­ma direc­ta. Tam­bién cono­ce­mos la enorme influ­en­cia que puede ten­er la cri­an­za y los trau­mas infan­tiles no super­a­dos. En relación a esto, al comien­zo de su rela­to, Hum­bert nos expone un suce­so cru­cial en su infan­cia: la muerte de su desea­da Annabel; una niña de su edad con quien tuvo su primer romance, y cuyas expe­ri­en­cias sex­u­ales incon­clusas le mar­caron para siem­pre —o así lo jus­ti­fi­ca él.
      El pro­tag­o­nista desar­rol­lará el resto de su his­to­ria sien­do ple­na­mente con­sciente de sus deseos ilegí­ti­mos y su anó­mala inte­gración psi­co­sex­u­al. Es capaz de com­ple­tar encuen­tros con mujeres maduras, pero ver­bal­iza con­stan­te­mente su desagra­do y el sufrim­ien­to que le con­ll­e­va su des­or­den —aunque él no lo cal­i­fique de enfer­medad. Hum­bert es, ante el análi­sis de los datos que Nabokov nos pro­por­ciona, una per­sona con una dis­fun­ción o des­or­den de con­duc­ta, con causas clíni­cas de su enfer­medad per­fec­ta­mente rastreables. 

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Frase de Humbert

      En este pun­to saco a colación el comen­ta­do artícu­lo de opinión de la escrito­ra Lau­ra Freixas en el edi­to­r­i­al de El País a prin­ci­p­ios de 2018. En su escrito, recu­pera la con­tro­ver­sia de Loli­ta a propósi­to del surgimien­to del movimien­to #MeToo, para ejem­pli­ficar «cómo el patri­ar­ca­do manip­u­la la cul­tura en su ben­efi­cio». Con ello, dota de una inten­cional­i­dad per­ver­sa al esti­lo poéti­co y pre­cio­sista de Nabokov. Pero comete un error a la hora de atribuir causal­i­dades, basa­do en —quiero pen­sar que no es sólo por lla­mar la aten­ción— la lec­tura super­fi­cial y el inten­to de adju­dicar un cul­pa­ble con­fe­so a toda prisa.
      Den­tro de las posi­bles malas asi­gna­ciones, Freixas equipara la ped­eras­tia y el machis­mo. La nov­ela no ver­sa sobre cómo el machis­mo manip­u­la (direc­ta­mente), sino sobre cómo una per­sona enfer­ma (pedó­fi­la) uti­liza estrate­gias de abu­so. Pre­cisa­mente Nabokov —dile­tante de ori­gen ruso y res­i­dente esta­dounidense en ple­na guer­ra fría— uti­liza como esce­nario la sociedad norteam­er­i­cana para mostrar la ran­ciedad y per­mi­sivi­dad de un sis­tema mis­ógi­no y pro­fun­da­mente machista. Atribuir la con­tex­tu­al­ización direc­ta a una apología de esos val­ores es pecar de un opor­tunis­mo vago y ni siquiera analíti­co. Aun con esas, si se mati­za el argu­men­to a la con­cre­ción de un pros­elit­ismo de la ped­ofil­ia y ped­eras­tia por parte del autor, ten­dría el mis­mo sen­ti­do que una ala­ban­za al alzheimer. Si alguien apol­o­giza sobre un trastorno o dis­fun­ción de lo psíquico, segu­ra­mente tam­poco esté en sus cabales, al igual que quien acep­ta como plau­si­ble esa propaganda.

      Sigu­ien­do la línea atribu­ti­va de la pre­sun­ta manip­u­lación cul­tur­al, nos encon­tramos con un esti­lo com­plac­i­ente, cul­to y del­i­ca­do. Fuera de con­tex­to, esta inten­cional­i­dad de belleza podría pasar como una ten­ta­ti­va de blan­queo de la vio­len­cia machista —pre­disponien­do en artícu­los arribis­tas a per­sonas cré­du­las o que no hayan tenido con­tac­to pre­vio con la obra—. Anal­izan­do el per­fil clíni­co del suje­to, en una nar­ración en primera per­sona donde él es el úni­co nar­rador, sabe­mos que nos habla lo que la sociedad podría con­sid­er­ar como un enfer­mo. Como él mis­mo nos cuen­ta, des­de pequeño tuvo el acce­so a todos los libros que pudo, y deam­buló de un país a otro; pos­te­ri­or­mente como pro­fe­sor, hubiera sido de una inco­heren­cia ter­ri­ble trazar su his­to­ria con un lengua­je vul­gar y zafio. La ver­dadera mag­nif­i­cen­cia de Nabokov estri­ba en sub­ver­tir aque­l­la máx­i­ma que rez­a­ba que «la belleza es la ausen­cia de miedo». El autor con­sigue destru­ir esa premisa para ilus­trar de for­ma mer­i­to­ria lo hor­rip­i­lante que puede ser la del­i­cadeza y el encan­to nar­ra­ti­vo, denun­cian­do a su vez lo esculpi­do, en un ejer­ci­cio de meta-abstrac­ción que pocos escritores han con­segui­do dibujar.

      Con­tin­uan­do con la oposi­ción al argu­men­to de obra apolo­ge­ta de la vio­len­cia machista, obser­va­mos la moral­i­dad dimór­fi­ca de Hum­bert. Él se autoex­cul­pa de for­ma con­stante y pro­gre­si­va, pero omite los detalles explíc­i­tos de sus encuen­tros forza­dos con la pread­o­les­cente. De hecho, ni siquiera ocul­ta el hor­ror, el tor­men­to y las aflic­ciones que sus manip­u­la­ciones cau­san a la joven. Ella llo­ra por las noches, le recrim­i­na sus acciones y actúa para escapar de su cap­tor. Al final de la his­to­ria, se enfrenta a él con un «tú me has destroza­do la vida». Un man­u­al de manip­u­lación cul­tur­al de esos a los que Freixas alude, no mostraría el espan­to y la atro­ci­dad de las con­se­cuen­cias de una ide­ología que supues­ta­mente inten­ta ensalzar las vir­tudes de la manipulación.

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Frase de Lolita

      La últi­ma parte de la nov­ela solo mues­tra la caí­da en pic­a­do de un per­son­aje car­co­mi­do por sus actos, y la ine­ludi­ble des­gra­cia que le aguard­a­ban sus deci­siones. Recu­peran­do la con­tex­tu­al­ización de la sociedad amer­i­cana (occi­den­tal), nos sor­prende cómo, de for­ma satíri­ca, en real­i­dad se encuen­tra encar­ce­la­do por el asesina­to del amante de Loli­ta, y no por los años de abu­so continuado.

      Todo ese despliegue de orna­men­tos nar­ra­tivos inter­cala pequeñas pun­zadas dis­rup­ti­vas sobre el dolor ajeno que causa con su poesía maquiavéli­ca (las sen­sa­ciones de su esposa, las sospe­chas veci­nales… ), recre­an­do un sil­lón mul­li­do en el que no podemos con­fi­ar: los pin­c­ha­zos reg­u­lares nos sacan de su hip­nóti­ca ver­bor­rea para recor­darnos que no es de fiar, que nada es lo que parece. Todos esos reta­zos de fría real­i­dad se encar­gan de no hac­er­nos olvi­dar el juego hor­ri­ble que esta­mos pres­en­cian­do, al con­trario de lo que expone Freixas.
      Con­sciente de su trastorno, Hum­bert inten­ta excul­parse tam­bién ante nosotros (el jura­do alegóri­co a quien se dirige la car­ta), inten­tan­do atra­parnos en la red de su men­ti­ra. De hecho, lo úni­co que como jura­do no podemos saber es si, den­tro de su ena­je­namien­to, está enam­ora­do o es úni­ca­mente la obsesión deprava­da de su enfermedad.

      El reto que se nos plantea no es dis­cernir si es amor ver­dadero lo que expre­sa, u obsti­nación crim­i­nal. El desafío que Nabokov pone sobre la mesa es el de ser capaces de sep­a­rar y hac­er caso omiso de esa super­fi­cial­i­dad encan­ta­do­ra y roman­ti­za­da, y como jue­ces lec­tores, con­denar sus acciones, por enci­ma de la poesía y el mag­net­ismo. Aquí es donde enlaza el juicio de la devo­ción occi­den­tal (amer­i­cana) por la apari­en­cia, y la incom­pe­ten­cia de los indi­vid­u­os a la hora de des­per­tar la lucidez nece­saria para obser­var más allá de la super­fi­cie. La nov­ela es una críti­ca a las asi­gna­ciones irre­spon­s­ables y a las malas lec­turas como la de Freixas y, por supuesto, la que des­igna a Dolores Haze como un mito sexual.

      Al comien­zo de la obra, Lola se pre­sen­ta como una niña de doce años. Loli­ta no es ningún mito eróti­co, es una niña pequeña. Cualquier inten­to de jus­ti­fi­cación sobre el com­por­tamien­to de Hum­bert referi­do a la «acti­tud provoca­ti­va» de Dolores, es inad­mis­i­ble. No asis­ti­mos al corte­jo de una pread­o­les­cente; somos espec­ta­dores de cómo un hom­bre trastor­na­do aprovecha la inmadurez de una de las eta­pas de desar­rol­lo y curiosi­dad de una per­sona sana. Del uso de su int­elec­to a favor del abu­so sis­temáti­co de un infante que no posee el desar­rol­lo int­elec­tu­al ni emo­cional, ni las estrate­gias de actuación nece­sarias para hac­er frente a la manip­u­lación estratég­i­ca, y la con­scien­cia situa­cional que supone el abu­so sex­u­al por parte de un adulto.

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       Nabokov quería difi­cul­tar la ero­ti­zación de una víc­ti­ma al pedir una por­ta­da libre de fig­uras femeni­nas. Quizá otro con­tribuyente fuera la ver­sión cin­e­matográ­fi­ca de Kubrick, descen­tran­do la aten­ción del prob­le­ma, y apor­tan­do a la cul­tura pop una ide­al­ización estéti­ca y sug­er­ente de la damnifi­ca­da, uti­lizan­do como reclamo pub­lic­i­tario un car­tel en el que aparece una Dolores miran­do direc­ta­mente a cámara, y sug­es­tio­nan­do la idea de focalizarla como com­po­nente acti­vo con­sciente.  Has­ta hace poco, esa ima­gen encabez­a­ba tam­bién el libro; un ejem­p­lo de la respon­s­abil­i­dad y cohe­sión que deben apor­tar los dis­eñadores grá­fi­cos a la hora de diri­gir de for­ma con­gru­ente las inten­ciones del escrito. Al fin y al cabo, la vista es lo primero que nos condiciona.


      Ten­emos a un per­son­aje enfer­mo, cuya inter­pretación de la real­i­dad es una jus­ti­fi­cación de actos atro­ces que inten­ta —pero no con­sigue— aliviar. Hum­bert es cul­to, pero condi­ciona­do por su esta­do, su prosa, en un prin­ci­pio bel­la, se des­cubre bur­da, erráti­ca y gri­mosa. Ten­emos a una víc­ti­ma legí­ti­ma­mente inmadu­ra, que poco a poco va advir­tién­dose como pre­sa y se ve inca­paz de lidiar con una real­i­dad que le supera. Ten­emos un con­tex­to, una sociedad machista que enseña a las mujeres a ser doble­gadas y respetu­osas con sus cap­tores; una Améri­ca que se limi­ta a hac­er tími­das pre­gun­tas. Ten­emos malas lec­turas basadas en errores de atribu­ción o el desin­terés ante el ejer­ci­cio de un análi­sis enmaraña­do: la visión de una Loli­ta con­sciente, provoca­ti­va y roman­ti­za­da, y la mira­da a la obra como ejem­p­lo de lúci­da apología de la manip­u­lación por parte del patriarcado.

      El may­or prob­le­ma de Loli­ta, al igual que el de muchas otras nov­e­las, es su inter­pretación acorde a un interés pre­de­ter­mi­na­do. Esa opinión fun­da­da reper­cu­tirá en aque­l­las per­sonas que por cualquier razón no hayan abor­da­do o ahon­da­do en lo opina­do. Pero todo esto da para una reflex­ión aparte, más exten­sa. La demo­nización sis­temáti­ca con­duce al odio desme­di­do, y vicev­er­sa. Debe­mos actu­ar como jue­ces racionales como a los que dirige Nabokov su obra. En el caso que nos atañe tam­bién habre­mos de dis­cernir entre los ped­eras­tas crim­i­nales como Hum­bert, y aque­l­los indi­vid­u­os que car­gan con el yugo de una parafil­ia que les ha toca­do vivir y no han elegi­do (se esti­ma que un 1% de la población lo sufre). La may­oría de los pedó­fi­los sabe con­tro­lar sus impul­sos y/o se some­ten a una reha­bil­itación medi­ante psi­coter­apia. Citan­do un frag­men­to del diál­o­go en el que Joe, la pro­tag­o­nista de la pelícu­la Nympho­ma­ni­ac, habla acer­ca de la enfermedad:

      — Este era un hom­bre que nun­ca se rindió a su deseo y que logró reprim­ir­lo has­ta que lo saqué a la luz. Había vivi­do toda su vida en negación y nun­ca había hecho daño a nadie. Creo que eso es admirable.
      — Por más que intente no puedo encon­trar nada admirable en la ped­ofil­ia.
      — Eso es porque te con­cen­tras en el, quizá, cin­co por cien­to que le hace daño a los niños. El 95% restante nun­ca sale de sus fan­tasías. Pien­sa en como sufren. La sex­u­al­i­dad es la fuerza más poderosa de los seres humanos. Con­vivir con una ten­den­cia sex­u­al pro­hibi­da debe ser una agonía. El pedó­fi­lo que logra vivir su vida con la vergüen­za de su deseo y sin rendirse a él merece una maldita medalla.

      A propósi­to de la pre­gun­ta que encabeza el artícu­lo de Freixas: «¿Qué hace­mos con Loli­ta?». Leer­la, estu­di­ar­la, releer­la si es nece­sario, y una vez com­pren­di­da, admi­rar­la. Admi­rar la destreza con la que su autor nos intro­duce en la mente esa mis­ma cuestión para después soltarnos ante un jeroglí­fi­co depredador.

      Loli­ta no es machista. Loli­ta es la his­to­ria de un pedó­fi­lo que uti­liza una sociedad machista a su favor, y cuyo resul­ta­do, cuya morale­ja, es el desen­lace trági­co y mere­ci­do de aque­l­los que con­scientes o no, se aprovechan de ello.
      Un ejem­p­lo nece­sario en una época en la que esa real­i­dad de las víc­ti­mas sigue sien­do banal­iza­da, y donde parte de la sociedad cree a pies jun­til­las a «man­adas» de Hum­berts. Apren­der de ello o no, es decisión nues­tra. No sacral­ice­mos la obra porque sí; hagá­moslo por la magis­tral­i­dad de su difí­cil ped­a­gogía y la lec­ción ocul­ta que nos deja. Ensal­cemos las obras que nos pro­po­nen un reto ale­ja­do de afir­ma­ciones direc­tas; es el ejer­ci­cio de con­cep­tu­al­ización el que nos provee de her­ramien­tas de abstrac­ción mucho más potentes.

      Sin miedo. La ped­ofil­ia no se con­ta­gia; se con­ta­gia el opor­tunis­mo, el induc­tivis­mo ingen­uo y la sín­te­sis teleológica.

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Loli­ta
Vladimir Nabokov
Ana­gra­ma, 2018
392 pag.
ISBN: 9788433960177

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Una respuesta a “Lolita, por Vladimir Nabokov”

  1. Sin duda, Nabokov te habría aproba­do en su clase de “Lit­er­atu­ra euro­pea”. Qué pesar sien­to como mujer, cuan­do veo cómo algu­nas voces vio­le­ta chillón no saben recono­cer a un ali­a­do. Y cuan­do leí “Loli­ta”, me supe ante uno. Y un ali­a­do pre­coz, ponien­do su obra en con­tex­to. Las migu­i­tas que deja el tex­to para el lec­tor darían para una tesis. Me duele pen­sar en esas migas no recu­per­adas, como si la bru­ja hubiese acaba­do con los her­manos per­di­dos en el bosque. Gra­cias a Inter­net por mostrarme tu blog, y a ti por el val­or de escribirlo.

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