Teorema del tiempo por fermentar

Me pare­ció notar algún cru­ji­do. Ahí en el salón donde se jun­tan todas las prob­a­bil­i­dades para hac­er coin­cidir cosas que, de exi­s­tir, casi no ten­drían sen­ti­do.
Se perdieron las papele­tas de los mod­er­adores, y que sin jue­ces de mesa la vida crece según su pro­pio arbi­trio, como una plan­ta que revien­ta la cal­iza, porque del ibón deshe­la­do se empeci­na en sacar su sustento. 

Es difí­cil no com­erse algún bril­lo de la bola de cristal, de pan­talla cur­va que uno mira de reo­jo para aso­marse al infini­to de posi­bil­i­dades. Siem­pre con algu­na luz que dis­trae, algún sonido; car­ca­jadas que se cue­lan, prove­nientes de las calles que uno tiene den­tro de sí, en las que has­ta las faro­las tin­tineantes son silen­ciosos tes­ti­gos de las reti­nas que pasean jun­tas y se cruzan, jun­to a las medias lunas cóm­plices, sostenidas por el arco de los rostros.

Que el tiem­po tiene direc­ción y sen­ti­do, dicen los físi­cos. Que con mucha maña inclu­so podrían ten­er otros, añaden los cuán­ti­cos. “¿Para cuán­do?”, maulla uno. “No se sabe”. Que el pro­gre­so es capri­choso y nun­ca se saca el pan del horno sin haber amaneci­do tem­pra­no.
Entre­laza­mien­to del tiem­po fer­men­ta­do, se sacan de la chis­tera los teóre­tas, afir­man­do úni­ca­mente que, todo lo que merece la pena, todo lo bel­lo, ni bus­ca lla­mar la aten­ción, ni mucho menos se ges­ta rápi­do.
Yo les digo que, aquí en la nave esta, la rel­a­tivi­dad alcan­za cotas insospechadas. Que uno puede antic­i­par el espa­cio, inclu­so mold­ear­lo con las manos. Que ojalá hubiera esta­do tal habil­i­dad al alcance de los que zarparon en bus­ca de otros plan­e­tas más fecun­dos, sirvién­dose solo de la luz que pres­ta la luna llena.
La radio se desconec­ta, y ante las horas de deri­va sin un car­ril fijo, sólo me que­da el mí mis­mo para can­tar­le a algo. 

“La gravedad, hija bas­tar­da de luz, masa y tiem­po, pudiera no ser la mala de la pelícu­la”.
Todo el anfiteatro se sor­prende. Mudos ante la osadía. De todos los ponentes que sien­tan cát­e­dra den­tro de mi tálamo, ni uno me dirige una mira­da de con­sue­lo.
“No olv­i­den, señores, que la gravedad se encar­ga de man­ten­er­nos los pieses sobre el sue­lo. ¿No pre­tenderán regar ust­edes sus plan­tas den­tro de una sala sin eco?”.
Se miran. Me miro. Nos miramos. Nadie pres­ta aten­ción a la bola de cristal. Los vocales paran de con­tar. Se entremez­clan las urnas de la Prob­a­bil­i­dad y la Posi­bil­i­dad. Caos. ¿U orden, quizás?
A nadie le impor­tan ya los votos. A nadie le deberían impor­tar. Saben los cien­tí­fi­cos que para la estruc­tura del futuro, la democ­ra­cia no con­sti­tuye ningu­na realidad.

Este mes, un invier­no cáli­do, una estación fuera de lugar, donde las abe­jas se reú­nen a la som­bra de los andenes, a la espera de tan­tas órbitas de flo­res que libar. No prestan aten­ción a lo bueno, o a lo malo: son los deshe­chos de la razón, dis­em­i­na­dos como posos de té, prepara­dos para dejarse inter­pre­tar. En el pre­sente, estas obr­eras de mi fuerza des­cansan.
El pis­ti­lo de azafrán puede usarse tan­to para hac­er el bien, como para hac­er el pan. 

“Pero mi Ley no redac­ta nada sobre el tiem­po —ter­mi­no—. Solo respe­ta que exista, y lo deja avan­zar”. Tan­tas fór­mu­las impro­visadas para luego úni­ca­mente cole­gir que lo que sea, será.
Sosten­go las servil­letas con los futur­os posi­bles a trasluz, y aho­ra, fuera del antiguo plan­e­ta, las suel­to tras de mí, para dejar­las flotar. 

La radio se resin­toniza. Me abro­cho el cin­turón de seguri­dad.
Con­trol me dice que puedo estar tran­qui­lo. Que es nor­mal que se escuchen tan­tos rui­dos.
Me rela­jo y paseo la vista por el ven­tanal. Qué bár­baro lo que uno puede con­tem­plar ahí afuera. Cuán­ta belleza hay en el cos­mos si uno fir­ma con­si­go mis­mo la paz.
Des­de aquí arri­ba se ven bril­lar las mon­tañas que no tienen nom­bre. “Quizá algún día las pue­da encum­brar”, pien­so.
Son­río, y me como un tro­zo de pan.

Com­parte:

Deja una respuesta